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sábado, 2 de enero de 2010

Bienvenido el 2010

Qué rápido pasa el tiempo. Adiós 2009; Hola 2010. Como habréis podido comprobar, no he tenido demasiado tiempo estas Navidades para escribir. Resumiendo, han sido familiares, distendidas, y he visto mucho cine, así que prometo ir escribiendo sobre algunas películas que merecen ser comentadas.

Hoy he escrito los propósitos de Año Nuevo; no es que crea demasiado en ellos, pero poner algunas ideas sobre el papel ya me fuerza a reflexionar sobre esas cosas que debo cambiar o potenciar en mí. Alguna vez, en los restantes 364 días del año, es probable que les eche una ojeada, para recordarme a mí misma que hay muchas cosas que tengo que modificar. Esta costumbre la tomé prestada de una amiga que escribe toda remota ocurrencia que tiene, y que le sirve a la par de terapia y de memoria.

Las Navidades propician en mí una serie de sentimientos muy contradictorios. Por un lado me gustan, por otro las odio. Comprar y recibir regalos, tener vacaciones, de la parte buena. Atascos, gente a patadas, comilonas y sobredosis familiar, de la parte mala. Sin contar el frío, que aunque este año se ha portado bastante bien, consigue que cada mes de diciembre desee con todas mis fuerzas la llegada del verano.

Con la Nochevieja me pasa una cosa extraña. Creo que es una noche sobrevalorada, a la que se le da una importancia exagerada. Discotecas que valen una millonada, donde conseguir un cubata es misión imposible y tu espacio para bailar se reduce a menos de un metro cuadrado. Organizarse y ponerse de acuerdo para esa noche es además, muy complicado. Digamos, que hasta que llega, estoy algo pasota. Pero la tarde del 31, me entra una especie de melancolía extraña, y agradezco hacer algo por Nochevieja. Este año me pasó exactamente esto. Cuando llegó el momento de las uvas se sentí a la vez pena por el año que se marchaba y esperanza e ilusiones por el que acababa de llegar. Creo, que esto es lo que pasa cuando mi corazón puede más que mi razón y mi lógica juntas.

Más que propósitos, tengo grandes esperanzas para este Año Nuevo, y éstas sí que espero que se realicen. Me esperan los veinte. Nuevas y viejas experiencias. Cumpliré un año de felicidad. Llegan, posiblemente, las mejores Fallas de mi vida. 365 días de ilusión. Espero que algún viaje, y un genial verano. Sonrisas, lágrimas, carcajadas de alegría. Complicidad. Espero recuperar algunas cosas que perdí sin querer, y continuar con algunas otras. Querer, sentir y evolucionar.

Esto es lo que le pido al 2010.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Cuando el corazón puede más que la razón

Soy una persona muy impulsiva. Sentimental, pasional, exagerada. Tanto lo bueno como lo malo lo vivo mucho. A veces, muchas veces, no me gusta esta parte de mí, pero por más que lo intente, no puedo hacer nada contra ello. Es irracional, completamente irracional, pero es como soy.

Después del primer momento de obzecamiento, vuelvo a razonar, argumentar, y soy la primera en darme cuenta de que no me gusta ser así. A veces la rabia me recorre el cuerpo de una manera tan vertiginosa que no soy capaz de darme cuenta de cómo actúo. Esto, en algunas ocasiones, me trae problemas con personas que no se lo merecen, pero simplemente no sé ser de otra forma.

Siendo demasiado exigente y queriendo que los demás se comporten como uno mismo llego a generar discusiones estúpidas, fuera de lugar, innecesarias. En los momentos de lucidez, me odio a mí misma por ser así, así de egoísta y de tonta. Me gustaría poder controlar estos impulsos, pero no puedo.

Supongo que esto es lo que ocurre cuando mi corazón puede más que mi razón.

martes, 8 de diciembre de 2009

Holocausto

El Holocausto es un tema que mucha gente califica como quemado, demasiado exprimido, repetitivo ya. Pero para mí no pierde su vigencia o su interés. Históricamente ningún tema puede, o debe, perder su interés, pues personalmente creo que de eso trata la Historia: de recordar. Recordar para no olvidar.

Y ese ejercicio de memoria debe hacerse aún con más ahínco, si cabe, cuando se trata del Holocausto. En mí nació una curiosidad innata desde niña alrededor de este tema, y sigue intacta, por no decir que se ha acrecentado. Siempre aparece algún detalle nuevo que te sorprende: un dato, un hecho, una historia personal… Y eso es lo que lo hace tan cautivador. Después de recopilar mucha información, muy dispar y diferente, he de admitir que he llegado a pensar si no tenían suerte aquellos que no salían vivos de un campo de concentración. Tener que recomponer mi vida tras haber sentido el dolor más penetrante se me haría sumamente complicado. Dormir por las noches se convertiría en una misión imposible. No sé si sería capaz de perdonar, ni siquiera de perdonarme a mi misma por seguir con vida, mientras tantos otros se quedaron atrás.

Leyendo a Primo Levi en Si esto es un hombre muchas ideas se agolparon en mi cabeza. Muchas de ellas confusas, otras claras y cristalinas. Levi es un buen escritor, pues consigue engancharte en su relato y hacerte parte de él. Sientes, casi en primera persona, esa existencia tan grotesca que le ha tocado vivir. La miseria que se experimenta es tal, que parece un imposible luchar contra lo establecido, siendo la opción más fácil la resignación, y la única resistencia posible el logro de robarle unos cuantos días de existencia a la vida. Escribe de una manera grácilmente sofisticada, pero accesible y al alcance de cualquier lector. Al leerle, se debe tratar de mantener cierta distancia entre la narración y el lector, pues su relato es tan estremecedor, que su calado puede ser demasiado profundo.

Levi es, como muchos otros, testigo directo de la rutina en los campos nazis. Piensa y escribe igual que lo hacía en Auschwitz; su dolor es el mismo. Por suerte, con el paso de los años las tristezas se mitigan y supongo que los que tuvieron la suerte (o la desgracia) de sobrevivir consiguen postrar las reminiscencias de la guerra en el olvido.

Encontré en el blog del cantautor Ismael Serrano una especie de diario en el que cuenta todos los detalles de su gira alrededor del mundo. En su viaje a Chile, y a propósito de la dictadura de Pinochet, decía: “Dar testimonio de lo vivido alimenta la Memoria Histórica y la certeza de que no se han de repetir los errores, las atrocidades cometidas en lugares como aquel. La memoria es herramienta de futuro.” Estas frases puede que contradigan las teorías de muchos historiadores o expertos, pero para mí es la síntesis de lo que ocurre con aquellos acontecimientos históricos tan trascendentales que deben ser recordados pase el tiempo que pase. El Holocausto es uno de ellos.

Cuando era más pequeña, cuando comenzaba a mostrar mi interés por este tema con la lectura del Diario de Ana Frank, mi simpatía por los alemanes en general comenzó a decaer. Es injusto culpar a todo un país, y a todos sus habitantes, de unas atrocidades cometidas hace unos 60 años. Con el tiempo no he conseguido profesarles una mayor simpatía, pero por lo menos he conseguido comprender quienes deben ser culpados, y que no todos los alemanes tienen que ser señalados con un dedo por lo ocurrido. Me alegra además, saber como la mayoría de la población teutona condena hoy en día lo sucedido, además de rechazar cualquier tipo de movimiento neonazi. Se agradece.

Pasado ya más de medio siglo desde la liberación de los campos nazis a manos de las tropas aliadas, quedan ya pocos testigos directos, vivos, de lo que vivieron los judíos. Durante este tiempo se podría decir que se ha fomentado la existencia de documentales, películas, libros e incluso cómics que contribuyen a mantener informadas a las nuevas generaciones. Son innumerables estas piezas de gran valor informativo que deben ser el legado histórico de los niños nacidos en el siglo XXI. Las editoriales además apuestan por novelas, memorias y biografías que reproducen las historias de superación de los supervivientes, no sólo por la buena acogida en el mercado editorial, sino por alimentar este depósito literario-histórico que ha de ser una referencia en unos cincuenta años.

La conclusión más importante que se deba hacer sobre todo esto, es que fue un error del pasado y que se debe hacer todo lo posible por evitar que se repita. En una sociedad actual, sabemos qué está ocurriendo en cualquier rincón del mundo gracias a las agencias de noticias, los corresponsales y a la difusión de Internet. Sería casi una utopía que un gobierno consiguiera dar forma a una industria de la muerte como la amasada por los nazis bajo el mandato de Hitler. Aún así, en un mundo de la información como el de hoy, se han dado episodios como el genocidio de Ruanda, las torturas indiscriminadas en Iraq, donde se sigue librando una guerra irracional, o el eterno enfrentamiento entre Israel y Palestina.

El futuro debe regirse por gobiernos que sepan dar fin a estas batallas y propongan una cooperación internacional que realmente funcione, que integre a todos y no excluya a nadie. Quizás, hablar del Holocausto en las aulas ayude a muchos niños o adolescentes a comprender la necesidad de la integración racial, cultural y religiosa. A mí me ayudó a darme cuenta de que hay que respetar a los demás, no importa como sean. En general, el desconocimiento sobre la etnia judía es amplio, y conocer el Holocausto brinda la oportunidad idónea de entenderles sin juzgarles.
Los que murieron, los que fueron deportados y sobrevivieron, los que escaparon, los que se escondieron, los que fueron escupidos, aislados o insultados, los que ayudaron a salvar a otros, los que se sacrificaron, los que lucharon hasta el último momento, los que escribieron para recordar, los que escribieron para olvidar…. Todos aquellos que se vieron afectados en lo más mínimo por este episodio de la Historia, fueran de la religión o etnia que fueran, los considero unos héroes.

Todo mi respeto lo brindo hacia ellos, aplaudo por su coraje y admiro su valentía. Hoy cualquier tropiezo nos parece un obstáculo y quejarnos siempre nos resulta lo más fácil. Para todos aquellos héroes que se sobrepusieron a lo ocurrido, al dolor y las cicatrices físicas o sentimentales, os admiro. Ahora sólo nos queda aprender de ellos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

No todo el romanticismo está muerto

Sí, lo confieso, soy una romanticona. Es así y negarlo no sirve de nada. Desde pequeña lo he sido, y a lo mejor con el paso de tiempo se ha disminuido un poco, pero en el fondo de mí, siempre permanece ese espíritu. Me enternecen las historias de amor, me encantan las comedias románticas y me pierde ver a parejas enamoradas por las calles. Soy así.

Extrañamente, siempre había creído en el cliché de que todas las mujeres éramos así, y que por el contrario ningún hombre creía en el romanticismo. No sé si será por la igualdad (o desigualdad) de estos tiempos, pero hace ya mucho que descubrí que hay bastantes chicas que en absoluto se ven contagiadas por esta ‘cursilería’, por decirlo de alguna manera. Sorprendentemente, diría yo, hay cada vez más chicos que se ven sumidos en esta corriente, aunque no lo demuestren en público, como quizás si que lo hagamos nosotras. El chico malote ya no es lo único en oferta.

Se me ha ocurrido escribir esta entrada de hoy por una razón curiosa; una amiga me ha pedido que le recomendara algunos lugares de París, donde va a ir este puente, y entonces ha venido a mi un recuerdo precioso y emotivo. Las pasadas Pascuas viajé con mi familia a la ciudad del amor, nunca mejor dicho, y presenciamos una escena de película. Como todo turista que se precie, hicimos la larguísima cola que precedía la subida a la Torre Eiffel, y una vez arriba, sucedió algo impensable. Estábamos mirando el paisaje, haciendo fotos, esas típicas cosas que se suele hacer al estilo guiri, cuando, a tan sólo unos metros de nosotros, un chico, de aspecto escandinavo, se arrodilló delante de su novia, y sacó un anillo para proponerle matrimonio. ¿Se puede ser más romántico? Este hecho terminó, afortunadamente, en un ‘sí’ por parte de la chica, en mi madre y yo con la lágrima a punto de caer y en un grupo de turistas maduritos aplaudiendo sin cesar.

Pues bien, es ese el espíritu del que quería hablar hoy, ya que al recordar la anécdota parisina, me he dicho a mi misma que no todo el romanticismo está muerto. Que pese a este mundo de desigualdades, de pobreza y riqueza, muchas veces injusto, problemático, y en el que todos pensamos más en nosotros mismos que en ninguna otra cosa, experimentar un poco de romanticismo no está de más. Que es también una manera de sentirse vivo, de tener emoción por alguna cosa que no sea uno mismo, y de buscar hacer feliz a otra persona.

Yo voto por ello, sin dudarlo. Para impregnarse de este sentimiento, nada mejor que ver Love Actually, Notting Hill o Pretty Woman.
Y a soñar despierta.



martes, 10 de noviembre de 2009

Qué ocurre cuando no sé qué escribir

Cuando empecé este blog me propuse escribir cada día al menos entre semana, pues ya presumía que los sábados y domingos me iba a ser más complicado encontrar el momento de situarme delante de la pantalla del ordenador más de treinta minutos seguidos.

Con este propósito, anoche me plantee la posibilidad de escribir sobre la victoria por 1-0 del Real Madrid sobre el Alcorcón, que me dió el placer de ver fuera de la Copa del Rey al club que se ha gastado 270 millones de euros en super fichajes este verano. Ya sabéis, "El gustazo de ver perder al Real Madrid", al que me referí en una entrada anterior. Pero era demasiado repetitivo, redundate y cruel (aunque eso no me preocupa demasiado si se trata del club merengue, seguidores madridistas, etc).

Así que aparqué esa tarea para hoy, con la intención de encontrar una idea mejor de la cual escribir. No la he encontrado. Y eso que tengo una escueta lista en la que aparecen algunos temas que me gustaría tratar, pero que hoy en particular, no me motivaban demasiado. Y esto es lo que pasa cuando no sé qué escribir, que no se me ocurre solución más lógica que hablar precisamente de aquello que suelo hacer al redactar.

Siempre me ha gustado escribir, pero nunca he sido una persona con una vocación clara por la escritura de ficción. De hecho, no me creo con la capacidad de construir una historia. Tengo una imaginación algo atrofiada: soy una gran soñadora y en mi cabeza revolotean muchos pájaros, pero nunca he sido una gran contadora de historias. Lo que mejor se me da es escribir sobre cosas que me gustan, que normalmente ya conozco, con un marcado perfil (auto)biográfico.

Así que casi siempre supe que podría dedicarme al periodismo, y digamos que el sueño de ser escritora permanece algo aletargado y en un segundo plano. Hay que ser realista. Por tanto, mis rutinas a la hora de escribir no son las del devoto novelista, historiador o investigador, pero son las de alguien que disfruta ensamblando frases y juntando palabras según necesidad.

Al igual que cuando conduzco, como ya he explicado en la entrada "Sí, me gusta conducir", lo que más me gusta para escribir es la música. Para según que textos, lo que es incluso mejor que la música, es el silencio, y os aseguro que encontrarlo en mi casa es muy difícil en muchas ocasiones, por lo que siempre acabo tirando de horas intempestivas para hallar la inspiración. Volviendo al tema musical, no todas las canciones sirven. Especialmente tengo que eludir las muy movidas, que me incitan a bailar, las que me sé muy muy bien, ya que no puedo evitar cantarlas (y eso que no es que tenga una gracia especial), y el volumen no puede ser muy alto. Me ayudan los temas melódicos, algunos románticos, de índole clásica o instrumental. Y mi gran secreto es iTunes: esa gran herramienta que me tiene preparada una lista con mis canciones más escuchadas. PLAY y a crear.

Últimamente mi favorita es 'There she goes", del mítico grupo The La's. Tengo una tendencia que no puedo reprimir por la música remember, y otro grande al que escucho mucho es Serrat. En la escueta lista que he mencionado antes se encuentra en primer lugar, y espero algún dia encontrar el tiempo y el estado de ánimo para escribir sobre él.
Mi soporte favorito, y será que soy hija de la generación de la tecnología, es el ordenador. Cuando era más pequeña (si se puede decir eso con 19 años), solía apuntar mis ideas sueltas, algunos poemas - por llamarlos así, pero de poesías tienen bien poco -, escritos o similar, en alguna libreta que tenía por la habitación. Pero en cuanto entró mi primer portátil en mi vida, se acabó la etapa 'analógica' y comenzó la digital.

Es primordial que la puerta de mi habitación esté cerrada. Soy bastante quisquillosa con cualquier ruido. Además, teniendo en cuenta que en mi casa podemos encontrar dos perros, una hermana adolescente, un padre alborotador y una madre con vocación de cantante, dos teles y cuatro ordenadores, la contaminación acústica está a la orden de día. Ya os he dicho que el silencio es casi una utopía.

Necesito mucha luz. Si es de día, la persiana debe estar subida hasta arriba, y lo mismo con el estor. Si es a partir de la tarde-noche y empieza a oscurecer, enciendo la luz del techo. Y el toque final, el flexo apuntando hacia el ordenador. Sí, soy un poco pesada para algunas cosas, pero son las costumbres que he adquirido con el paso de los años.

Me gusta que la mesa esté bastante ordenada (dentro del desorden que ésta supone), tener agua a mano y si se trata de una sesión de escritura 'seria', suelo traerme algo para picar o incentivarme a la escritura. Después de todo estos requisitos, abro una página en blanco de Word, trato de no distraerme mucho con las webs lúdicas de Internet (tuenti, sobre todo), y llega el momento de creación.

Otro día os cuento cúando descubrí que servía para esto de las letras y las palabras y porque escribo cómo escribo. Lo apuntaré en la lista.

lunes, 9 de noviembre de 2009

cosas, Gente

Todos tenemos días buenos, días malos. En estos últimos, nos parece que no tenemos a nadie, que somos insignificantes. Últimamente, los días buenos, y los muy buenos, invaden mi vida. Soy feliz.

Me he dado cuenta de que el pesimismo que nos recorre el cuerpo en los días malos es muy traicionero, y saca lo peor de nosotros, al menos saca lo peor de mí. Provoca que aparezcan en volcán todos mis miedos, que me sienta decaída y que me encuentre fuera de lugar. Lo genial de los días buenos, es darse cuenta de que al contrario de lo que pensamos en los días malos, es que tenemos cerca a mucha gente que nos quiere, que nos valora, que nos aprecia.

Hoy en día solemos dar mucha importancia a las cosas. Materialismo. Soy materialista, siempre lo he sido, pero estoy descubriendo que me estoy haciendo una amante de la Gente (con 'g' mayúscula). De los amigos, los familiares, los compañeros. Toda esa gente que me rodea y que en los momentos más importantes, en los días buenos, me han dado su apoyo, me han demostrado su amor y me han hecho sentir importante.

Por supuesto, muchos de ellos son los que están también en los días malos, lo cual valoro bastante, ya que mis días malos son muuuuy malos.

Esta Gente hace que las cosas (con 'c' minúscula) pasen a un segundo plano. Una sonrisa, una mirada, un gesto especial, hacen mucho más por mí que lo que hacen otras cosas. Está claro que me encanta subirme al autobús escuchando mi iPod, pero a la larga no me aporta nada particular. Podría no escuchar música en ese trayecto, podría vivir sin iPod. Pero no podría vivir sin toda esa Gente, porque me hacen ver que no soy insignificante, que mis intentos de ser una buena persona, una buena amiga, hija, hermana o novia, no quedan en balde.

Qué bien me hacen sentir los días buenos. Cómo me gusta saber apreciar la importancia de toda esta Gente. Porque en la vida, el que tiene cosas y no tiene Gente, no tiene nada.

martes, 3 de noviembre de 2009

Sí, me gusta conducir

No es un sentimiento generalizado, y mucho menos en mujeres, pero desde el primer día que puse un volante entre mis manos supe que conducir es una de las cosas que más me gusta hacer. Al principio me parecía que era difícil coordinar tantos movimientos, pero en cuanto me adapté, me dí cuenta de que cuando conduzco, me evado, me desahogo, me siento como quien dice, libre.

Hay quien dice que conduzco un poco a lo loco, y yo creo que hasta cierto punto es verdad. Muchas veces precipitada y sin pensármelo dos veces: creo que es un paralelismo con mi manera de ser. Tampoco soy una temeraria, pero sí, me gusta mucho apretar el acelerador.

Sé que hay mucha gente que le tiene miedo a conducir, un temor que se conoce como amaxofobia, y que afecta a un porcentaje de la población bastante elevado, exactamente, sobre el 64% de las mujeres y el 36% de los hombres lo padecen. Además, de entre los conductores el 33% se ve afectado por este estrés o ansiedad que se vive al volante.

Siempre he intentado tener empatía con los demás y entender cómo se sienten en determinados momentos. Respeto muchísimo a todos aquellos que padecen esta amaxofobia, pero me alegro mucho de no tener en absoluto ninguno de los síntomas que se presentan, y de disfrutar de esta manera tan mía de aquellos momentos que paso dentro de mi coche. La ciudad no es mi hábitat preferido, como tampoco lo son las autopistas o autovías; los mejores tramos son aquellos que tienen pocos semáforos, curvas no muy pronunciadas y buena gravilla.

Me gusta, además, sentir que domino el coche cuando freno, cuando cambio una marcha ya sea para acelerar o reducir, y me declaro totalmente en contra de los cambios automáticos, muy de moda últimamente, por muy cómodos que resulten.

El mejor complemento a la hora de conducir, es la música. Ya sea la radio o mis propias selecciones, me encanta acompañar cada tramo con canciones que normalmente van en consonancia con mi estado anímico. Lo redondo es conseguir emparejar un buen viaje con un buen CD recopilatorio, y sentarse a disfrutar.

No siempre es fácil transmitir con palabras lo que se siente en ciertos momentos, y aunque lo he intentado, creo que el famoso anuncio de BMW “¿Te gusta conducir?” expresa perfectamente esa sensación que me recorre el cuerpo al conducir. La genialidad de dejar atrás kilómetros y kilómetros de cemento, atardeceres, luces, árboles… todo aquello que encuentras en el camino.

Sí, me gusta conducir.

lunes, 26 de octubre de 2009

los zapatos del payaso

Parece que nadie se abre un blog con un título normal, nombre y apellidos, nombre y algún número; no, no, la tónica habitual es rizar el rizo y encontrar una cabecera más rebuscada. Sin ser excepción, he abierto este blog con un nombre algo particular, 'los zapatos del payaso'. Esta ha sido mi primera opción desde el principio, pues es una frase a la que tengo especial cariño, basada en la canción del grupo Despistaos, Los zapatos de un payaso, que he tenido que adaptar por la no disponibilidad de títulos.


Me gusta la canción, me gusta la frase que conforma, pero me gusta mucho también por lo que representan esos zapatos, grandotes, dantescos, bastante burlescos y que combinan el humor con un sabor melancólico. La figura del payaso me recuerda además a la del periodista; aquel que hace sátira, que encuentra los puntos débiles de la sociedad para hacer crítica y formar opiniones.


Ver la vida desde el punto de vista de un payaso, o más bien, desde sus zapatos, pisoteados, manchados, pero que siempre guarda un lugar para el ingenio y la alegría, es un ejercicio de reflexión bastante interesante.

No sé muy bien a qué voy a dedicar este blog, pero teniendo en cuenta esos zapatos del payaso, iré escribiendo lo que pienso, lo que siento, lo que ocurre más allá de estas palabras y que merezca consideración y una mención concreta.


Por ahora, es todo.